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De Religión

¿En qué consiste el verdadero amor a la Patria?

Pbro. Miguel Aquino

 

16 de mayo de 2011. ¿Es tener apego a la casa en que nacimos? Sí, esto es amor a la patria, pero no basta. ¿Consistirá, tal vez, en amar a nuestro pueblo, a la nación a que pertenecemos, al país que consideramos nuestro? También esto es amor patrio, pero para un católico esto sólo no es suficiente.


¿Consistirá, tal vez, el patriotismo en luchar por los intereses de nuestra nación? También. Pero el amor patrio de un católico va todavía más lejos.

¿En qué consiste, pues el amor patrio para un católico? En esforzarse y trabajar para mi patria progrese y se desarrolle lo más posible, material y espiritualmente.

Amor a la patria que no degenera en ciega idolatría de lo propio, ni busca aniquilar a otras naciones o dominar el resto del mundo. Amor a la patria, que, al estimar su propio pueblo, no aborrece a los pueblos extranjeros, porque sabe que todos somos hijos de un mismo Padre. Si el amor patrio es así, ¡ojalá fuera mayor el número de los que amasen su patria! Entonces no habría tantos inicuos tratados de paz...

No cabe duda, la religión católica enseña cómo se debe amar de verdad a la patria. El amor a la patria no consiste tanto en redobles de tambor, flamear de banderas y gritos de «viva» hasta enronquecer cuando juega la selección mexicana, sino en ser capaz de sacrificarse en el cumplimiento monótono del trabajo bien hecho, para que progrese la patria. ¿Qué es lo que nos pide siempre la Iglesia a cada uno? Hombre, hermano, sé honrado, no manches tus manos y tu alma. Dime, pues, amigo lector: ¿no es esto amor patrio? Hoy, cuando sistemáticamente se quiere demoler el fundamento de la sociedad, la familia, mediante el divorcio y el libertinaje sexual… ni el Estado, ni las instituciones más serias se sienten con fuerzas para detener tanto mal, al contrario ellas mismas lo promueven en muchas ocasiones. Solamente el Catolicismo se atreve a gritar, consciente de su fuerza: ¡Hombres, hermanos, no os es lícito, Cristo lo prohíbe, no destrocen los hogares! Dime: ¿no es esto amor patrio?

Hoy, cuando el mundo frívolo desprecia la sublime misión de los padres en la transmisión de la vida, y las leyes civiles son incapaces de poner dique a los horrores del aborto y de la limitación de la natalidad, la Iglesia católica es la única que preserva el santuario de la familia de la profanación y del infanticidio: ¿no es esto amor patrio?

Hoy, cuando los jóvenes dejan corromper por el hedonismo de la sociedad..., y ni escuela, ni el Estado, ni muchas veces la misma autoridad paterna son incapaces de preservarlos de tanto mal, la religión católica es la única que grita con eficacia: Hijos, son la esperanza de la patria, guardad la pureza de sus almas; ¿qué será de la patria si la lujuria los tiene esclavizados? Contestemos con la mano sobre el corazón: ¿no es esto amor patrio?

¿En qué se funda el amor de los católicos a la patria?

Las palabras memorables del Señor no dicen tan sólo «dad al César lo que es del César», sino también: «y a Dios lo que es de Dios.» Es decir, si damos a la Patria lo que es suyo, lo hacemos porque nos lo pide Dios. El amor a Dios es lo que más nos empuja a amar nuestra patria terrena.

Con frecuencia oímos la siguiente falsedad: El catolicismo habla siempre del otro mundo; amonesta sin cesar, diciendo: «salva tu alma», y se despreocupa del mundo terreno. Pero un católico no tiene uno sino dos deberes, uno para con su patria terrena, y al mismo tiempo, otro para con su alma, poner los medios para salvarla. Ha de dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.

De esta forma, el catolicismo es un gran valor patriótico, no sólo porque nos exige pagar los impuestos, sino porque nos exige, a la vez, ser honrados y buenos ciudadanos, por obedecer a Dios.

Porque nos recuerda que si en el denario está la imagen del César: «dad al César lo que es del César»; en nuestras almas está también grabada la imagen de Dios, que debemos respetar: «dad a Dios lo que es de Dios».

En el Antiguo Testamento, el sabio rey SALOMÓN cierra con estas palabras el libro del Eclesiastés: «Basta de palabras. Todo está dicho. Teme a Dios y guarda sus mandamientos, que eso es ser hombre cabal. Porque toda obra la emplazará Dios a juicio, también todo lo oculto, a ver si es bueno o malo» (12,13-14). No otra cosa enseña el Señor al decir: «Dad a Dios lo que es de Dios.» Las cosas vanas pasan; nada hay que pueda darnos una felicidad perfecta, a no ser la conciencia recta, la convicción de que el alma está en orden y que puede soportar con tranquilidad la mirada de Dios.

Toda la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo está llena de este pensamiento: ¡Salva tu alma! Ni una sola de sus palabras, ni uno de sus actos, tuvo otra finalidad que inculcar este gran pensamiento en nuestros corazones: Tienes un alma sola, un alma eterna. Si la salvas para la eternidad, todo lo has salvado; pero si la pierdes, ¿de qué te servirá el haber ganado el mundo entero?

Dad a Dios lo que es de Dios. Suyo es todo lo que tenemos; todo, por tanto, se lo hemos de dar. Es conocido el símil del «Libro de la Vida», en que se escriben todas nuestras obras buenas para el día del juicio final. No es más que un símil, pero un símil profundo, que nos dice que entre cielos y tierra se lleva realmente una contabilidad secreta: Dios nos presta un capital (talentos corporales y espirituales), y un día nos exige la devolución del capital, pero acrecentado por los intereses.

¿En qué día? No depende de mí.
¿Dónde he vivido? No importa.
¿Cuánto he vivido? Es indiferente.
¿He tenido que desempeñar un papel importante, o vivía como uno de tantos que pasan desapercibidos? No se tendrá en cuenta.

Lo único que importa es si he dado o no a Dios lo que es de Dios. Lo importante no es la cantidad ni la magnitud de las obras hechas en mi vida, sino la buena voluntad con que trabajo. No es difícil deducir el inmenso caudal de fuerzas que para cumplir los pequeños deberes de la vida cotidiana brota de tales pensamientos. Y es de notar que el cumplimiento de tales deberes muchas veces resulta más difícil que un martirio repentino; la vida heroica y perseverante en medio de la miseria, de las pruebas, es más difícil que la muerte en las trincheras.

Sí, nuestra religión habla constantemente de la vida eterna, de otra patria; pero hay que conceder que, para inculcar el amor a la patria terrena, no hay pensamiento mejor que éste: Llegará la hora en que Dios exigirá la devolución de todo cuanto tengo, de todo lo que me dio; de mi propia persona y de mis familiares, amigos y conocidos.

Todos los católicos deberíamos estar dispuestos a realizar lo siguiente con nuestras vidas: «Dejo mi cuerpo a mi patria, mi corazón a la santa Iglesia católica romana, mi alma a Dios.»

 

Lajirigrilla

 
 

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