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Izquierda: ausente que no llega

Jaime García Chávez

 

4 de marzo de 2012. La izquierda electoral –básicamente el PRD– adolece estructuralmente de una falla: su ausencia en buena parte de la región norte del país. Estados como Chihuahua, Durango, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, por poner sólo cinco ejemplos, reportan una presencia extremadamente débil y siempre en caída libre. Se menciona al interior del partido de manera recurrente el problema, se deplora la ausencia de planes estratégicos para crecer pero no se hace absolutamente nada sustancial para enmendar, ponerse en ruta de resolver esta deficiencia que de nueva cuenta golpeará, y fuerte, en la elección presidencial de julio de 2012.






Desde luego se trata de una crisis de mayores dimensiones en la que se traslapan la ausencia de definiciones programáticas, compromiso con la democracia y la legalidad, carencia de deliberación interna, incapacidad para generar liderazgos formales y reales con reconocimiento profundo, empleomanía que se ha convertido en plaga y caciquismos propios de las corrientes que amenaza con convertir esta institución en un absoluto fracaso. La crítica está muerta. Añádase que el propio partido desprecia y tolera la indisciplina, que permite que sus líderes trabajen para otros partidos, articulen movimientos que deterioran el desarrollo organizacional y que los antiguos salinistas, hoy rehabilitados artificialmente, tengan una presencia e influencia que impide que muchos perredistas se sientan genuinamente representados. Estos fenómenos que en diversas magnitudes están presentes a lo largo y ancho de la república, hacen del norte del país zona de desastre y así es previsible que el gran boquete electoral en la región septentrional contribuya a la derrota electoral de la izquierda.

Mi intención en esta entrega es ver este fenómeno desde el balcón chihuahuense. La experiencia de los primeros años del PRD nos habla claramente de las posibilidades que tiene la izquierda para desarrollarse, para arraigarse apoyándose en las viejas tradiciones liberales del propio Estado –hoy adormecidas–, en la aparentemente vieja escuela de la deliberación de los problemas para el diseño de líneas de acción impregnadas del matiz local, la vinculación con los movimientos sociales que surgen fuera de las confines del partido pero desembocan en él, el indispensable trabajo voluntario de los militantes que ha sido suplantado, produciendo esterilidad, por una costra de burócratas que aparte de estar en la indolencia consumen una nómina cuyos fondos bien empleados redituarían muchos frutos.

¿Se ha preguntado por qué los líderes del PRD en Chihuahua salen las más de las veces a la escena pública para adular a los gobernantes? ¿Por qué sus representantes actuales en los congresos, local y federal, brillan sólo por su ausencia, o sólo pasan lista de presentes en los actos del gobernador? ¿Por qué no tiene precandidatos o candidatos sólidos por su capacidad de articular propuestas y con presencia ciudadana? Cuando usted conteste a estas interrogantes puede encontrar como respuesta la idea de que tiene ante sí una izquierda que no es, que no ha sido y que además no quiere ser.

Así las cosas, es previsible que tendrá una magra votación que ni soñando incrementarán el candidato presidencial de la izquierda y su imperceptible MORENA.

Revela una personalidad dividida, una especie de esquizofrenia política que este partido lleve el nombre de la revolución democrática como marca distintiva y sus miembros carezcan en términos absolutos de la capacidad de elegir a sus dirigentes y a sus candidatos. La militancia de este partido carece de derechos en términos reales. La vieja idea de que un partido revolucionario de izquierda prefigura la sociedad a la que aspira, de aplicarse sólo anunciaría la dictadura de una casta cupular que manda y se impone sin posibilidad alguna de escuchar el sentir de los de abajo, de los que siguen creyendo que hay que transformar a la nación, pero ni siquiera se les permite transformar a su propio partido. Nuestros futuros candidatos a diputados y senadores, ¿con qué cara podrán cuestionar la selección interna de Peña Nieto o Patricio Martínez, si ellos mismos son producto del aborrecible dedazo? ¿Podrán hablar del “cochinero” del PAN local, haciendo la apología de que a ellos los eligieron los notables en una pequeña oficina en el DF? ¿Alguien les creerá que quieren la democracia para México y serán inmunes al reproche generalizado de que son simplemente una excrecencia partidocrática?

Esta izquierda da vueltas y vueltas sin moverse del mismo sitio, el estancamiento debe entenderse aquí como retroceso. Si aún teniendo la casa partidaria en orden, no se libra de tener que remar a contracorriente, menos se propicia el desarrollo cuando no se tiene la capacidad para vertebrar un gran bloque que desafíe en términos reales el poder de la derecha de dos caras.

Reciente encuesta arroja que en el norte del país, abordado como temática inicial, esta izquierda tiene una presencia del 9 por ciento, y otros indicadores nacionales son aún más preocupantes: no tiene la adhesión de los jóvenes entre 18 y 35 años; gana presencia entre los adultos de 54 años y más, pero no está a la cabeza de ellos; tampoco encabeza a las personas de mayor escolaridad. Paradójicamente los desempleados estarían optando por el partido en el gobierno. Y en el ámbito religioso no es opción entre los católicos, testigos de Jehová, ni entre los no creyentes, a excepción de los cristianos que probablemente ven en la agresión al Estado laico un motivo para simpatizar por la izquierda. Los que tienen acceso a internet no están a la izquierda, y los que no tienen... tampoco; ni los solteros, ni los casados, ni los divorciados, ni los felices, ni los infelices. Se dirá que la encuesta está “cuchareada”, lo que se quiera en ese tenor. Pero pienso es mejor, ante la ausencia de un intelectual colectivo, como sería un partido de izquierda que nutriera de información dura, atenerse a estos sondeos que al simple feeling de los jefes partidarios.

Hace falta un golpe de timón, lo requiere la izquierda para reconstruirse, pero más lo requiere un país colapsado, que en lugar de estar discutiendo en este momento los frutos de la futura elección, se preocupa por la vulnerabilidad que nos pone en el grave riesgo de que el crimen organizado, el narcotráfico, la violencia y la impunidad, se levanten fortalecidas con la penetración del proceso mismo, como lo han advertido observadores internacionales. Estos factores colocan a la república ante un precipicio que ya orilló al mismo imperio a mandar a su vicepresidente Joe Biden a tener un encuentro con los candidatos para garantizarles el respeto a la voluntad popular a expresarse el primer domingo de julio. Nunca un embajador de ese tamaño ha ido a ningún país a garantizar el triunfo de la izquierda.

Obviamente que la circunstancia de ahora, desde el sitio de la izquierda, ya no es la arrogancia del pasado, la del provincianismo, ni la que se sostiene con un gran preconsenso electoral. Ojalá y la izquierda comprenda que lo único que no se puede recuperar es el tiempo.

Algunos pensarán que no ayudo a la causa. Sólo les recuerdo que no me causa ningún gusto decir esto, pero me provoca mayor malestar callarlo. Por modesta que sea la denuncia se alimenta de la divisa de un poeta que despreció todas las heridas que traía en su cuerpo por las batallas que no emprendió. El fraude político hay que señalarlo esté donde esté. La razón de orden político y moral para pensar así, al menos para mí, está muy clara: nunca como ahora hace falta la izquierda en el país, de tal manera que es deplorable que la misma se ponga en vigilia cuando hay carne, pues para nadie es desconocida cualquiera de estas dos tragedias nacionales: la continuación de la derecha en el poder, con todo y su despreciable “guerra”, o la restauración viejo partido de Estado que por sí sola nos tendría que hacer pensar que el proceso transicional tan largo que hemos tenido no logró entrar a su etapa de consolidación que en este momento debiera ser absolutamente palpable y por cuya responsabilidad le toca una factura grande a esta izquierda fallida.

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