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Estado de sitio en Chihuahua

Por Jaime García Chávez

 

Chihuahua, Chih..  18 de febrero de 2013.

La ciudad de Chihuahua amaneció en estado de sitio. Tanto la libertad de expresión como la libertad de tránsito fueron prohibidas con motivo de la reunión de los gobernadores y el Jefe de Gobierno del Distrito Federal con Enrique Peña Nieto. Varias cuadras en derredor del palacio de gobierno fueron cerradas y fuertemente protegidas por el Ejército, las policías federales, locales y municipales. La Cruz de clavos fue cubierta por una pantalla de madera que se adosó a la puerta principal del palacio de gobierno para no molestar la vista de los encumbrados políticos. La inconformidad de los transeúntes se veía en cada esquina y los gendarmes se mostraban amenazantes de la manos de sus perros amaestrados. En otro lugar, el Aeropuerto Internacional “Roberto Fierro” hubo también inconformidad pues el gran tráfico para mover a los gobernadores ocasionó demoras y por tanto molestias graves.






La clase política reunida viene hablar a Chihuahua de seguridad pero toma meticulosas precauciones:

improvisan dos o tres búnkers prácticamente inexpugnables, sobre todo por los ciudadanos y los periodistas. El gobierno de Duarte dice estar en austeridad y a la vez gastó una buena cantidad de millones de pesos para montar un acto que no es propio de una república sino de un imperio pretoriano. Cada gobernador contó con un carro blindado y una nube de agentes para su custodia.

La ciudad quedó prácticamente a merced de la delincuencia pues la policía se centró en cuidar a los visitantes. A esto le llaman fuerte dispositivo de seguridad y si hacemos un paralelismo con un dispositivo intrauterino, aquí lo único que no se concibe es la aprobación de la ciudadanía, que ve con molestia y repudio estos eventos innecesarios. Una simple videoconferencia habría bastado, pero no reditúa como cosmético político.



No hace ni dos semanas que los voceros oficiosos del gobierno denostaron la manifestación de los barzonistas, justamente por producir actos de molestia a la movilidad urbana. Pero lo que hoy hemos visto no tiene parangón con aquella demostración; ciertamente los carros de lujo, las flotillas de suburbans y la soldadesca no producen la molesta boñiga de los caballos. Otros son los residuos. Los invitados locales –nuestra pueblerina clase política– llegaron desperdigados pero presurosos a dejarse ver en un evento en el que cifran muchas de sus ambiciones de futuro. Qué contraste con la visita que hizo el obispo de Saltillo, Raúl Vera: él, que sí ha pisado callos, transitó por las calles de Chihuahua descubierto, sin protección alguna, y quien quiso hablar con él pudo hacerlo sin ningún problema. Un gran contraste entre no tener miedo a la sociedad y padecer el pánico propio de estos gobernantes divorciados de su pueblo.

La información no pasa de magnificar el blindaje del sitio, de las recepciones en aeropuetos, casas de gobierno u hoteles. A su vez, los columnistas oficiosos magnifican a Duarte y casi lo comparan con Napoleón I. Pero la agenda de los políticos nadie la conoce; si algún problema tratarán que tenga que ver con la sociedad, con la nación, con la república, es zona vedada para los ciudadanos.

En este evento hay una frontera que divide un muro: unos están adentro en el palacio; otros son los de afuera: los que batallan por llegar a una oficina pública para realizar un trámite, los que tienen que caminar más porque así lo dispuso la arrogancia, los conductores de vehículos tienen que hacer grandes rodeos, muchos negocios establecidos tuvieron que cerrar, la admisión de la prensa fue bajo un riguroso procedimiento selectivo –casi policiaco–; los braceros, que a varias décadas de haber sido defraudados, no se les da solución concluyente.

Un adentro y un afuera que habla de la incapacidad para el diálogo. Pero los hechos hablan más que las palabras. El miedo de la clase gobernante es tan grande que sólo mediante la edificación de búnkers efímeros les permite reunirse con holgura y displicencia para irse acomodando al estilo de gobernar de Peña Nieto. Se sabe que arribará al evento en helicóptero y en improvisado helipuerto. Es una muestra más de la austeridad.

Para finalizar, a la serie de banquetes programados, se sumará el más fastuoso de todos: será en la antigua casa del cacique porfirista Luis Terrazas –búnker de la abundancia culinaria, los manjares y los buenos caldos convertidos en costosos vinos– donde muchos comerciantes también fueron obligados a cerrar.

Será el orgasmo de la conferencia de gobernadores dispuesto por el cenecista Duarte. Lo que más se ve en ese sitio son soldados, poderoso armamento y nada más faltaron los blindados. El negocio que no cerró y que hará su agosto en pleno febrero es La Casona, el restaurante de lujo del banquero y pintor diletante, Eloy S. Vallina, el hijo de su papá. Ese es el gobierno que tenemos.


 

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