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Porfirio Muñoz Ledo: de lo súbito a lo que prevalece

Por Jaime García Chávez

 

Chihuahua, Chih..  28 de julio de 2013. “No somos salvajes recién llegados a las riberas del Orinoco para formar una sociedad. Somos una nación vieja, tal vez demasiado vieja para nuestra época. Tenemos un gobierno preexistente, un rey preexistente, prejuicios preexistentes. Es preciso, en lo posible, acomodar todas estas cosas a la Revolución y salvar la subitaneidad del tránisto”.

—Mirabeau






Rodeado de sus amigos sinceros, envuelto en la compleja historia del siglo XX mexicano, en el mito y la leyenda, Porfirio Muñoz Ledo (PML) celebró sus primeros 80 años de vida. Sin duda un actor central, él mismo ha construido su historia y, adherido a paradigmas meticulosamente escogidos, también se preocupa por la memoria que los mexicanos guardemos de él. Simpatizante con la idea de que el país se ha ido construyendo a través de expresiones generacionales, él tiene el gusto de ser parte de una formada por hombres y mujeres que justo a mediados del siglo pasado contribuyeron a las grandes transformaciones que este país impulsó cuando dejó atrás la sociedad rural para dar paso a un nuevo México moderno, industrial y urbano, pero desgraciadamente anquilosado en el ámbito de la política por la ausencia de la democracia y la inexistencia de elecciones reales, signo inequívoco de que el pueblo no tenía la facultad de nombrar a sus gobernantes, como bien lo apuntó don Daniel Cosío Villegas en 1947 con la publicación de La crisis de México.



Éramos –y de alguna manera esa historia se prolonga hasta nuestros días– un país de siervos, no de ciudadanos. Quizá cuando en el futuro se escriba el papel de políticos de la talla de PML, se le adscriba como figura central de la revolución democrática que se propuso manumitir a los mexicanos para convertirlos en actores con plenos derechos, con todos los derechos y, dentro de ellos, los de elegir. Dejar atrás los mitos unificadores, la supuesta autoridad moral y política de una revolución que ya para los tiempos de Miguel Alemán Valdez, como lo subrayó Cosío Villegas, estaba fuera de tiempo, al grado de que en el “régimen” no había necesidad de partidos de ninguna índole, porque tanto revolucionarios como conservadores eran “parientes legítimos”. Sin PML no se entiende este tránsito, y la faena de verlo íntegramente rebasa con mucho los linderos de este artículo. Da para mucho su trayectoria como funcionario público, como diplomático, como educador, como constructor de acuerdos, como líder prácticamente de todos los partidos importantes de este país, salvo el PAN, al que también influyó definitivamente, y cuatro cosas nada desdeñables: polemista y experto en el delicado ministerio social de la oratoria; intelectual en la medida que ello es indispensable para brillar con luces propias en la política, su acrisolada honradez en un país de corruptos y, aunque a algunos les resulte extraño, amigo que se paraba ante la gente sencilla y anónima a explicar sus por qué.



Dice de PML su amigo Luis Martínez Del Campo –priísta, exsenador y diplomático– que a nuestro personaje le hubiera gustado ser el político que José Ortega y Gasset describe en su obra Mirabeau. No lo sé pero tampoco tengo por qué dudar de ese deseo; conociendo a PML me inclino a creer que sí, por lo que le escuché a lo largo de ya hace más de veinte años; por sus anhelos y empresas no siempre exitosas per se, pero siempre afluentes de cambios políticos necesarios. Para mi gusto, extrañamente el ensayo de Ortega y Gasset sobre Mirabeau es una buena pieza en su vasta obra; releyéndolo y cambiando lo que haya qué cambiar, veo la figura impaciente e impulsiva del que algún día fue presidente del PRI. Pero si Mirabeau fuera el arquetipo para reflexionar sobre la vida del notable político, lo encontramos mejor retratado en la entrada escrita por François Furet sobre el personaje francés en el gran Diccionario de la Revolución Francesa. Me convence de inicio cuando nos dice que Mirabeau tuvo dos vidas, una bajo el Antiguo Régimen y la otra en la Revolución. Igual pienso de PML, aunque advierto que él quisiera que su vida se hubiera tejido de manera excepcional y sin tener necesidad de abordar el primer espacio en mérito del segundo y como si su senda hubiera obedecido a un riguroso plan. Son tantos sus logros que esto no le ayuda para nada. En esencia, no lo mancha ni el 2 de octubre ni el 10 de junio porque él no tuvo las manos metidas ahí. Vadear responsabilidades que no son propias es inútil. Quizá se le pudiera reprochar que no hubiera hecho el deslinde que hizo en 88 veinte años antes, además ya estaba el ejemplo madracista de la era de Díaz Ordaz; había precedentes, sin duda. Pero entonces no habría sido el político que fue, el de la ruptura, el del hombre sagaz que sabe atalayar por dónde se mueven las tendencias de la historia y se suma a las que significaron la nueva ruta de la nación para construir su democracia y una nueva república, aunque ahora podamos ver esto como malogrado.

Para retomar la visión de Furet, PML fue uno de los pocos hombres de su tiempo que previó la caída del autoritarismo mexicano y tuvo la visión de lo que venía –vendrá– después, justo como el noble Mirabeau en la etapa previa al 1789 francés. En realidad, continuar construyendo un discurso con estas categorías, me parece inútil y hasta tedioso, pero me traicionaré a mi mismo porque caminaré por ese pedregoso camino, no menos aleccionador para comprender el talante de un gran político de pura sangre, de energía guerrera y talento a veces incontrastable. En alguna ocasión y para el histórico Congreso de Oaxtepec del PRD, le dediqué un ensayo sobre la transición mexicana y dije que a Porfirio le ponían demasiadas trabas adentro de su organización y afuera, en el propio sistema autoritario. Había una guerra permanente para no dejarlo ser, que a la postre y en el seno mismo de su partido, logró dejarlo fuera por la “moral canija de los hombres mediocres” del tipo de Jesús Ortega, Jesús Zambrano y Carlos Navarrete. Ellos pensaron que fuera del PRD ya no sería nada. Ingenuidad si la hay.



La parte de tragedia que tiene la vida política de Porfirio tiene explicación por provenir de esas dos etapas: la del antiguo priísmo donde fue pieza clave y la de la transición, donde jugó un papel indiscutiblemente de primer orden, lo que sin duda, además, le daba una ventaja en un proceso transicional, para explicar que lo “subito” no aniquilaba lo que por necesidad prevalece.Y desde este ángulo, las antinomias que lo acosaron fueron similares a las de Mirabeau, porque precisamente conocía ambos campos y a profundidad. Pero no era un hombre, tampoco, que viniera con la raigambre del poder histórico del presidencialismo, valga la expresión para referirme al paralelismo, no resuelto hasta ahora, que guarda con Cuauhtémoc Cárdenas.



A PML se le adosan, con justo título, las cualidades del genio, el que poseía el don de la palabra con poder de creación. El arquetipo, si nos atenemos al razonamiento de Ortega y Gasset, entendido como el político en su ineluctable realidad. Para lograr esto no necesitamos realmente del concepto, quizá en los sueños personales los grandes políticos tiendan a considerarse como una reencarnación de alguien que en el pasado tuvo su talla. Pero insisto, no lo necesitamos, porque lo vimos, como la personalidad del adelantado que le marcó rumbos a la transición democrática, advertimos su talento oratorio y su gran rapidez mental para desenvolverse con notas no muy del gusto del mundo acartonado de los mexicanos, donde se desprecia el buen humor, el histrionismo, el clavar alfileres con caracterizaciones a los personajes del momento en los que Porfirio hizo escuela. Quién no recuerda que llamó a la exgobernadora zacatecana García Medina, cono Anomalía; o cuando me contestó, a pregunta propia en conversación privada, cómo entendía a Andrés Manuel López Obrador: “sin duda un gran líder y un gran organizador, sin dejar de ser un costal de mañas”.

De las muchas caracterizaciones que se ha hecho del hombre/mujer político, en todas encaja PML. Si le buscamos precedentes, los encontraremos en el propio país y en los grandes movimientos que han sacudido al planeta. Pero lo remarco, es mejor verlo como lo tuvimos y como deseamos seguir teniéndolo por muchos años más. No lo veo como un campeón sin corona, lo denigraría. Lo veo en la dimensión del gran hombre que se propuso influir en las grandes decisiones de este país y lo logró. No fue presidente de la república, pero dentro de cincuenta años eso no va a figurar ni en el anecdotario de la historia, donde estará la misma personalidad de Colosio. A la hora principal del PRD –suma de dos culturas autoritarias– él fue un demócrata de primera, más aún que el afluente de la izquierda si exceptuamos a Arnoldo Martínez Verdugo, Gilberto Rincón Gallardo y Heberto Castillo. Creo que su debilidad fue confiarse más en un ejercicio de la oratoria, propio de la Asamblea Constituyente de la Revolución Francesa, que de la escritura paciente de un gran texto, para uno o dos siglos en este país. Pero esto es agua que pasó por el río.

Hoy como ayer, batallando por un México mejor, con nosotros está la presencia del gran político y al que tenemos que buscar, además, en muchas partes: en su praxis, en sus libros, conferencias, ensayos, artículos periodísticos e intervenciones parlamentarias, pero sobre todo, en aquellas encrucijadas nacionales en las que él marcó el rumbo de los cambios de este país, digan lo que digan sus detractores. Para mí –un hombre distante de su círculo, pero al que le brindó muchas oportunidades– es uno de esos seres por los que vale la pena haber nacido. Vaya desde este inhóspito territorio, donde el autoritarismo se ha reinstalado y los perredistas retornaron a la aparente comodidad de la servidumbre, un gran abrazo a PML por sus 80 años de fecunda vida. La patria se salva.


 

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