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Posada en su Centenario

- Jaime García Chávez

 

Chihuahua, Chih..  25 de septiembre de 2013.

¡Ahhhh! ¡Ahhh!

Algunas cosas importantes ocurren cada cien años. La muerte –si lo sabré yo– también es parte de la vida; y es esta muerte, mi muerte, siempre tan catrina, la que me ofrece hoy la espléndida oportunidad de volver en el tiempo.


Diré, para no espantar a nadie, que este retorno momentáneo no es reencarnación ni delirio de mi alma siempre en pena. Es, tal vez, un travieso experimento, un desafío de la alquimia, un escarmiento a lo imposible, un extraño y súbito viaje a mi futuro, el mismo que, algún día, será el pasado de todos los que ahora están aquí...

¡Ah, el tiempo, mi querida Catrina!





























































































Retorno y lo hago en Chihuahua, a donde quise traer mis grabados en 1913. Ya sentía los zopilotes de Victoriano Huerta asaltando Palacio Nacional y sabía que aquí se levantarían contra el usurpador, pero, ya ven, la muerte me hizo la mala jugada de llamarme. La tumba me impidió ver al pueblo que grabé rabioso combatir al lado de Pancho Villa. Cien años bajo una lápida casi me ciegan, pero aquí estoy, saliendo del panteón de Dolores. Caminaré por las calles de Chihuahua y desde aquí veré lo que queda de mi México, con estos ojos arenados.



Hay mucha muerte y dolor. En mis tiempos recordábamos los sacrificios por la patria, contra españoles, gringos, austriacos y franceses. Veo que ha corrido sangre en injusta guerra. Ni Porfirio con su matona segó tantas vidas. Veo víctimas por todas partes. Eso me duele hasta los huesos. Mis calaveras, si las estampara hoy, irían en rojo sangrante. No habría gustado a mi impresor Vanegas Arroyo. Pero han de saberlo: una mano invisible escoge los pigmentos de los pintores. Es un duende. Mucha tinta roja reclama que esta sangre traiga el castigo para los culpables. ¡P’os cómo!



Ahora confirmo que era cierto: la historia es una rueda que da vueltas y vueltas. Un círculo inagotable, me parece. La tiranía de treinta años se repitió en los setenta que ustedes soportaron y que insurge de nuevo. Los bigotes de Porfirio los afeitó la moda política para regresarlos convertidos en copete. El viejo Porfirio que pinté con muletas hoy luce joven. ¡Dónde estarán mis planchas, dónde mis ácidos, dónde mis buriles! ¡Si tan sólo pudiera restablecer mi taller, cuánto no haría! Pero este paseo es corto y ya me enseña que todo ha cambiado: televisoras, internet, cosas que ignoro. Pero el cambio es de fachada: hoy el señor Reyes Espíndola, dueño de El Imparcial, el periódico industrial de la dictadura que vi caer a pedazos, ahora se apellida Vázquez Raña, Azcárraga o Salinas Pliego y sus renombradas prensas y canales. Para mí, canal era el de La Viga, de la Ciudad de México. Pero ya saben como es dúctil el lenguaje.





















































































































































Trabajé en una prensa libre y comprometida, siempre asediada por los esbirros. Aquí en Chihuahua había más de veinte periódicos en aquellos años. Por ellos me enteré de la revuelta de Tomóchic y hasta grabé la guerra para obtener estampas. La dictadura compraba, corrompía a la prensa; los periodistas morían asesinados como ahora, pero otros se levantaban con más fuerza y ahínco. Esa prensa chiquita, pueblerina a veces, fue una fortaleza liberal que derrotó a la dictadura. Veo que ese temple se ha acabado, de cierto no lo sé, pero al ver tanta indolencia me parece que no brota la voz del pueblo, porque falta El Ahuizote, o su hijo, para que pique donde debe, y su grito se torne en la voz de Dios. Y no me crean tan religioso.



Paseando por los lugares de trabajo –las fábricas según mi entender– ya no veo las edificaciones de la industria que mis ojos registraron. Hoy se llaman parques y los nombres de las compañías están en inglés y japonés. Porfirio también vendió al país, pero al menos conservó los nombres en castellano, pienso. Extraño los ferrocarriles. Me dio gusto ver la vieja estación convertida en Conservatorio; pero la otra, la que le siguió, está clausurada. ¡Carajo! ¡No veo carretelas, ni tranvías, ni caballos, ni calesas, ni bicicletas, sólo carros que hacen ruido, entre las calles destruidas, y arrojan insoportable humo! Entonces cuando menos había más aire puro y más aguas cristalinas.



Si despertar a la vida causa felicidad, como dicen poetas y religiosos, no los quiero defraudar: estoy triste, porque no veo que las cosas hayan cambiado para bien y en favor del pueblo raso. En vida fui un hombre sencillo; hablé con muchos que después fueron grandes, como aquel mozalbete José Clemente Orozco, que me veía asombrado, como si yo fuera un gran artista. Nunca creí serlo, vale más, y ahora me encuentro con que he alcanzado gran reputación, aunque veo mi obra en muy pocos lados, por más que haya recibido los favores del 2 de noviembre. No me envanezco: de niño jugué dibujando, luego fui artesano en desvencijados talleres y emigré a México donde estuve muchos años en la imprenta de Vanegas. Ilustré cuentos, canciones y corridos (los de bandoleros sociales ganaron mi corazón); registré tragedias, desastres naturales, crímenes famosos y hasta los 41 enfiestados que dieron perenne noticia del odio hacia lo que hoy me entero llaman homosexuales. Ilustré santos, beatas y hasta curas muy calientes y violadores, ferrocarriles y descarrilamientos, sin faltar los héroes y próceres. Me divertí elaborando portadas para las cartas a la novia y cancioneros. Por mí pasó la vida de los teatros, sus tiples y cantantes de cuplé; retraté a oradores y políticos con un antes flaco y un gordo después. Pero veo hoy que mis calaveras, sobre todo La Catrina, llegaron para quedarse. Que otros nos aclaren si eso forma parte del alma nacional, como se decía entonces.

Un día ilustré el globo de Cantolla y hoy veo cómo se desinfla la globalización que me han tratado de explicar y no comprendo, pero que tiene un tufillo porfirista que se quedó impregnado en mi nariz. Enhorabuena con indignados y plantados en muchas partes, según me cuentan.

Muchos favores le debo a la vida y más a la muerte. Si alguna herencia dejé –lo dudo–, fue entender que mi arte era un juego en el que todos podían participar, lo mismo vivos que finados; que lo hice creyendo en la verdad y comprometido con ella. Me entendían el leído y el letrado, el sabiondo y el ignorante. ¡Ah, los grabados, cómo calan!

Viví para pensar y nunca pensé para vivir. Así lo medité cuando hice el retrato del presidente Juárez, que dicen, no debió morir, pero me habría dejado sin trabajo. Me tomé muy buenas copas, padecí indeseables crudas; conocí el amor, supe que con pequeñas obras se pueden lograr grandes cosas. Entendí que con miedo no se llega a ninguna parte. Me sorprende ver aquí el miedo por todos lados.

Cansado a pesar del breve paseo, tengo que regresar, mi estancia aquí es muy corta y me causa dolor ver esta cruz que recuerda a tantas mujeres muertas, crímenes impunes que están aquí, en la memoria de este monumento. Pero permítanme decirles adiós con un toque de humorismo plasmado en uno de mis grabados: Ya bailé la tarantela, ya besé el escapulario, ya terminé el calendario, aquí se apaga la vela.

Apesarado por lo que he visto y de tu brazo, regreso, Catrina, al anónimo osario de donde no debí salir.

¡Adiós!


 

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